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La jaula dorada

Actualizado: 8 oct 2022

“Si podemos, elegimos llegar rápidamente a un lugar. Es por eso que (la idea de) "abdominales en 6 minutos" es tan poderosa. Podemos obtener algunos resultados, pero no serán permanentes. Para lograr un resultado permanente, y lo digo todo el tiempo, tienes que sufrir. Tienes que hacer de eso un tatuaje en tu cerebro, para no olvidarte de ello cuando vuelvan los momentos difíciles.”

David Goggins*

Esta cita resultará, para muchos, extrema. Otros la tildarán de exagerada, innecesaria y hasta peligrosa. El resto, directamente no la entenderá.

Desde hace un tiempo he comenzado a sentir cierta incomodidad, cierta comezón cuando escucho tildar a determinados estándares, desafíos o metas de imposibles e inalcanzables. Vez tras vez vuelvo a oír la cada vez más frecuente condena a la dedicación incansable, a la consistencia inquebrantable, a la disciplina que no conoce de reparos, a la caza, sin vacilaciones, de aquello que nuestro corazón anhela.

Vivimos en un mundo donde, cada vez más, todos –y todo— a nuestro alrededor, apunta específicamente a facilitar nuestra existencia. Adquirimos electrodomésticos que nos permiten ahorrar tiempo, como un lavarropas o un lavavajilla. Ya no necesitamos recordar los números de teléfono de nuestro círculo familiar y social, porque un aparato lo hace por nosotros. Ordenamos nuestros alimentos vía “delivery”, compramos nuestros libros, vestimenta o regalos navideños por internet, y hasta nos damos el lujo de solicitar un auto que venga a buscarnos, si es que no estamos con ganas de manejar. Y como a pesar de todos los electrodomésticos que compramos para ahorrar tiempo, cada vez éste se nos hace más escaso, nos “comprometemos” a seguir una rutina de ejercicios de 10 minutos al día, 4 días a la semana y, al comprobar que nuestro esfuerzo no produce efectos inmediatos, optamos por consumir pastillas o tés “adelgazantes”, que proclaman a los cuatro vientos que quienes los consuman no necesitarán, jamás, realizar un mísero abdominal ni cuidar aquello con lo que nutren –o desnutren—a su organismo.

Todo es fácil. Todo es inmediato. Todo es comfortable.

Vivimos, embelezados, en una habitáculo de oro. El problema es, aunque en nuestra ceguera lo ignoremos, que ese habitáculo es una jaula.

Dorada y cómoda, pero una jaula al fin. Una jaula de mentiras endulzadas y mediocridades asfixiantes.

En el éxito verdadero, ese que cuesta, que vale, que construye y nos hace mejores no sólo a nosotros, sino a quienes nos rodean, no existe sitio para la mediocridad. De igual manera, no existe lugar para la victimización como excusa para el fracaso.

Lo valioso tiene valor. Por eso es que cuesta. Las pastillas, los electrodomésticos y las membresías de los gimnasios, no tienen valor, tienen precio.

El valor es otra cosa. Algo diferente que no se compra, por más que el mundo esté lleno de magnates cuya pobreza es tal que, como única riqueza, sólo cuentan con bienes materiales.

Por eso es que tanta frustración nos rodea. Una frustración hija del vacío que, a su vez, es engendro de lo fácil. Siempre es mucho más fácil aceptar nuestras debilidades, que atrevernos a enfrentarlas.

La aceptación no significa ausencia de cambio

Vivimos en una mundo en el cual, como nunca antes, se nos predica la “auto aceptación”. Por positivo que este mensaje parezca ser, detrás de su prédica se esconde, sutilmente, la idea del escape a la responsabilidad de enfrentar y cambiar aquello que necesita ser cambiado. El “sentirte perfecto tal cual eres” es un mantra que se reitera ad-nauseam, intentando silenciar cualquier voz contraria. ¿Por qué no podemos aceptar que dos ideas contrarias pueden existir simultáneamente? Es posible aceptarnos, valorarnos y amarnos tal cual somos, sin por eso dejar de aceptar nuestra necesidad de cambio en determinadas áreas.

Simplemente, no queremos salir de la jaula.

No deseamos abandonar la comodidad, por más que ésta sea sólo una ilusión. La posibilidad de lo incómodo se antepone a la esperanza de la mejora. El miedo al dolor y al fracaso superan, en nuestra mente, al deseo de cambio, de triunfo y de realización. Y la frustración de nuestro encierro alimenta nuestra ansiedad, de la misma manera que la rutina y la inercia agudizan nuestra depresión.

Así es que llega un día en que nos damos cuenta—o decidimos aceptar—que estamos encerrados en una jaula y que aquello que creíamos ser de oro, es tan sólo metal mohoso, corroído por el orín.

Tomando prestada una frase más de David Goggins, el “volverse civilizado es lo peor que le puede suceder a un hombre”. Esa condición de “civilizado” no alude a ser pacífico, refinado o sociable. Goggins está hablando del caer en la complacencia, de mirar alrededor y conformarse con lo que se tiene, ya se trate de cosas materiales o logros personales, dejando que esto nos llene de un falso y hueco sentimiento de realización. Esa aceptación aprisiona a nuestro lado salvaje, rebelde y aventurero. Maniata al guerrero que no se da por satisfecho ni aún satisfecho, porque sabe que el crecimiento no es un camino con final marcado, y que la ausencia de desafíos es sinónimo de muerte, de fin.

A la larga, todas las jaulas se encogen, y la única razón por las que nosotros seguimos cabiendo dentro de ellas, es porque también nos empequeñecemos.

Mi padre me dijo una vez que “la resignación es la primera palada de tierra que echamos sobre la tumba de nuestros sueños”. Cada vez que nos resignamos a un estándar inferior, estamos estableciendo una nueva altura en la vara de calidad de nuestras vidas, más baja, menor, mediocre. Ese instante de resignación es el que nos llevará a un segundo, y a un tercero, hasta que, sin darnos cuenta, nos habremos alejado tanto de lo que solía ser nuestro máximo nivel de exigencia que recuperarlo se nos hará virtualmente imposible.

Las jaulas son siempre jaulas. No pierden su condición de prisión por su excesivo lujo o comodidad. La vida es mucho más que eso. Con nuestras fallas y errores, con nuestras derrotas a cuestas y hasta con aquellas desilusiones que más nos dolieron, la rebelión ante el estatismo y contra “las cartas que nos tocaron en suerte”, debe ser nuestro norte, continuando hacia adelante, aspirando a más.

Vivir es más. Querer es más.

Aceptación y conformidad son dos cosas diferentes. La primera, proviene de la sabiduría y nos enseña a reconocer dónde estamos, a diferenciar nuestras fortalezas de nuestras debilidades. Nos ayuda a no mentirnos ni negar la realidad, pero sin utilizarla como excusa para la capitulación. La aceptación nos enseña humildad al aprender a reconocer quiénes somos, y dónde estamos. La conformidad, por el contrario, intentará siempre convencernos que lo que somos es todo lo que podemos llegar a ser y que el lugar en el que estamos, y la situación que nos rodea, es lo mejor a lo que podemos aspirar.

Por eso es que te repito: no te conformes. No te dejes civilizar. No vale la pena.

* David Goggins (17 de febrero de 1975, Buffalo, NY), es un corredor de ultra maratones, ciclista de ultra distancia, triatleta, orador público y autor estadounidense. Es un SEAL de la Marina de los Estados Unidos retirado y ex miembro del Grupo de Control Aéreo Táctico de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que sirvió en la Guerra de Irak. Sus memorias, “Can't Hurt Me”, se publicaron en 2019.

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Hola. Gracias por tu visita.

Espero que esta publicación te sea de ayuda e inspiración.

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